¿Pisar las rayas de cal que delimitan el terreno de juego en el béisbol trae mala suerte?
Nadie ha podido demostrar que sí. Pero tampoco que no.
En Grandes Ligas, donde los batazos se miden en millas por hora, los jonrones en pies y los récords en números, también hay espacio para la fe, los rituales y esas pequeñas manías que ningún jugador se atreve a abandonar cuando siente que la suerte está de su lado.
Porque, vamos a estar claros: en el béisbol hay cosas que ni la ciencia termina de explicar.
¿Cómo es posible que una pelota lanzada a 90 millas por hora termine viajando más de 400 pies?
¿Cómo un bateador puede reconocer en apenas unas décimas de segundo una recta, una slider o un cambio de velocidad?
¿Y cómo explicar que un pelotero que asegura no creer en supersticiones se niegue rotundamente a cambiar de bate, de medias o hasta de asiento cuando está bateando de película?
Ahí es donde entra el béisbol dominicano.
Porque nuestros peloteros, además de talento, llevan al terreno sus creencias, sus costumbres y esas cábalas que muchos niegan… pero que cuidan como si fueran parte del uniforme.
Y cuidado con meterse con ellas.
David no cree en eso… pero, por si acaso
David Ortiz, el legendario Big Papi, es un caso de antología.
El hombre que hizo temblar al Fenway Park tenía sus propios rituales antes de entrar a la caja de bateo. Entre ellos estaba colocar el bate sobre una de sus piernas, escupir en la mano y aplaudir antes de comenzar su turno.
Ortiz, sin embargo, decía que no era supersticioso y que confiaba en Dios.
¡Ah, bueno!
Eso, traducido al buen dominicano, sería algo así como:
“Yo no creo en eso, pero déjame hacerlo por si acaso”.
Porque una cosa es no creer en cábalas y otra muy distinta es atreverse a abandonar una rutina cuando todo te está saliendo bien.
Y el Big Papi sabía perfectamente que en el béisbol hay costumbres que terminan convirtiéndose en leyes privadas.
Pedro Martínez y un amuleto llamado Nelson de la Rosa
Pedro Martínez tampoco se consideraba supersticioso.
El inmortal de Manoguayabo siempre se presentó como un hombre de preparación, disciplina y absoluta confianza en sus condiciones.
Pero durante la histórica temporada de 2004 de los Medias Rojas de Boston, apareció una figura peculiar en su entorno: Nelson de la Rosa.
De la Rosa, aquel dominicano que muchos recuerdan, se convirtió en amigo cercano de Pedro y terminó asociado a una de esas historias de amuletos que parecen sacadas de una película.
Boston acabaría rompiendo la famosa “Maldición del Bambino” y conquistando la Serie Mundial después de 86 años.
¿Fue Nelson de la Rosa responsable de aquella hazaña?
Probablemente no.
¿Le importaba eso a los supersticiosos?
¡Ni un poquito!
En el béisbol funciona una lógica muy particular: si algo ocurre después de una determinada cábala, inmediatamente aparece alguien diciendo:
“¿Tú viste? ¡Eso funciona!”
Pedro no necesitaba un amuleto para lanzar, pero la historia quedó ahí, como una de esas coincidencias que el béisbol se empeña en convertir en leyenda.
El ritual de Sammy Sosa
Sammy Sosa tenía una costumbre mucho más sentimental.
Después de conectar jonrones, acostumbraba mirar hacia el cielo para dedicárselos a familiares fallecidos.
Y, para decirlo suavemente, tuvo muchísimas oportunidades para hacerlo.
Durante aquellos años en que el dominicano sacaba pelotas fuera del parque con una frecuencia que parecía sacada de un videojuego, aquel gesto se convirtió en una de sus imágenes más reconocibles.
Mientras la pelota viajaba hacia las gradas, Sammy levantaba la mirada al cielo.
Era un ritual sencillo, pero cargado de significado.
Vladimir Guerrero y el casco
Y entonces aparece Vladimir Guerrero.
Vladimir no necesitaba demasiados rituales para poner a sufrir a los pitchers. Le bastaba con pararse en el plato y hacerle swing a prácticamente todo lo que le enviaran.
Pero también tenía sus cosas.
Una de ellas era su particular relación con el casco de bateo.
¿Sucio?
Sí.
¿Viejo?
Probablemente.
¿Funcionaba?
¡Entonces déjalo tranquilo!
Porque en el béisbol cuando algo está funcionando, nadie lo toca.
Vladimir, además, tenía la costumbre de manipular las mangas de su uniforme hasta deteriorarlas.
Mientras otros peloteros parecían salir del camerino listos para una sesión fotográfica, Guerrero daba la impresión de que acababa de llegar de trabajar en una finca.
Pero después se paraba en el plato…
Y comenzaba el problema para el pitcher.
Ricardo Carty y la Virgen
Ricardo Carty, uno de los grandes bateadores dominicanos de su generación, llevó la relación entre béisbol y fe a otro nivel.
Según relatos publicados en la prensa deportiva, Carty entregaba su bate a la Virgen de la Altagracia.
Porque, hablando en serio: en el béisbol nadie quiere desafiar la suerte.
Y mucho menos un bateador que acaba de encontrarle el truco a la pelota.
Nadie quiere tentar la suerte.
Las cábalas no son exclusivas de los dominicanos.
En Grandes Ligas han existido peloteros con rituales de todo tipo: comidas específicas, medias determinadas, asientos prohibidos, baños a una hora exacta y rutinas que deben repetirse al pie de la letra.
Pero nuestros peloteros tienen una manera muy particular de vivirlas: Con fe.
Por: Rafael Martinez




